Guillermo Armani, una vida ligada al boxeo: “Ojalá el día que tenga que partir sea al lado de un ring. Sería el hombre más feliz de la tierra”

Boxeador, árbitro y juez. Con 56 años ininterrumpidos dentro del boxeo, Guillermo Armani repasa su vida arriba y alrededor del ring y mira con nostalgia, crudeza y amor al deporte de los puños, hoy atravesado por el negocio y la urgencia.

Guillermo Armani en la entrega de los Premios al Deporte.

Hay reconocimientos que no pesan por el brillo de una plaqueta, sino por todo lo que despiertan. Cuando Guillermo Armani subió al escenario para ser homenajeado por su trayectoria en el Premio al Deporte 2025 del Círculo de Periodistas Deportivos, no recibió un premio: recibió un espejo. “Es un mimo al corazón”, dijo en Marca Deportiva Radio, y en esa frase se comprimieron décadas de sacrificio, de caídas y regresos, de una vida entera atravesada por el boxeo. “Que se reconozca una carrera deportiva de tantos años es algo tan lindo… ya se van a cumplir 56 años ininterrumpidos dentro del boxeo, así que algunos añitos hay”.

Armani es historia viva del boxeo marplatense. Empezó en 1970, en el viejo estadio Bristol, cuando la ciudad era plaza de elite y compartía cartel con el Luna Park. “Yo empecé en el año 70 en el estadio Bristol, el famoso estadio Bristol”, recordó, con la memoria intacta. Era un pibe, un “purrete” dando los primeros pasos, pero tuvo la fortuna de conocer a las glorias de otra época, a los nombres que hoy suenan a leyenda. “Mar del Plata era elite en ese momento”, afirmó, como quien enumera un orgullo que no se negocia.

El boxeo, en su caso, no fue una casualidad. Fue herencia y destino. Su padre había sido boxeador profesional, con más de 200 peleas entre amateur y profesional. Por eso sabía lo que costaba y, justamente por eso, no quería ese camino para su hijo. “Mi papá no quería saber nada, él sabía lo sacrificado que era todo eso”, contó. Guillermo tampoco lo imaginaba para sí, hasta que algo se encendió. “Hay algo que te llega adentro, no lo sé explicar”, confesó.

Ese algo lo empujó a escaparse del trabajo para ir a mirar entrenamientos, a quedarse horas observando cómo otros boxeaban. A los 13 o 14 años, tomó una decisión que le cambiaría la vida. “Le dije a mi viejo que me pegaría o me iba de casa, y me fui”, recordó sin dramatismo. Se fue con un bolsito, un pantalón corto y unas zapatillas. El destino quiso que, esa misma tarde, encontrara a su padre esperándolo en la puerta del estadio Bristol. Desde entonces, la historia cambió. “Después fue mi admirador número uno”, dijo. El que primero dijo no, terminó acompañándolo a todos lados, dándole consejos y sosteniéndolo cuando hacía falta.

Hizo 80 peleas como amateur, tuvo un recorrido fuerte, se hizo profesional, pero el cuerpo empezó a marcar límites. Operaciones, problemas de salud, la obligación de trabajar y mantener una familia lo obligaron a dejar el ring. “Como le digo a mi mujer, yo nací fallado físicamente”, bromeó con crudeza. Sin embargo, alejarse nunca fue una opción. “Me faltaba algo”, admitió. El boxeo seguía llamando.

Buscó entonces el lugar donde pudiera estar más cerca. “¿Dónde puedo estar más en contacto con el boxeo? Ahí arriba”, se respondió. Así empezó su camino como árbitro, rol que ejerció durante 27 años. Dirigió prácticamente a todos. Campeones argentinos, sudamericanos, del mundo. “Te puedo decir que con los dedos cuento a los que no dirigí”, afirmó. Vivió momentos que para él fueron tocar el cielo con las manos: “Dirigí a Mano de Piedra Durán acá en Mar del Plata… para mí era un ídolo”.

Cuando el cuerpo volvió a decir basta —tres infartos, un ACV, una operación de corazón—, Armani volvió a reinventarse. Pasó a ser juez, aunque no sea el lugar que más disfruta. “Es ingrato, sos el que condena a uno u otro”, reconoció. Aun así, sigue yendo. Siempre. “Los únicos días que no fui al boxeo fueron cuando estuve enfermo”, confesó. Y dejó una frase que resume su vida: “Ojalá el día que tenga que partir sea al lado de un ring. Sería el hombre más feliz de la tierra”.

Desde ese lugar, observa el boxeo actual con una mezcla de amor, preocupación y nostalgia. “Cambió muchísimo”, aseguró. Para Armani, el deporte se fue corriendo hacia el negocio. “Se comercializó muchísimo el boxeo, lamentablemente”, dijo, aunque reconoció que sin televisión o streaming hoy sería imposible sostenerlo. “Pero ya no se usa como deporte total”, advirtió.

Le preocupa que se banalice el riesgo, que parezca que cualquiera puede subirse a un ring. “Hacen parecer que cualquiera puede pelear, y no es así”, sostuvo. Señaló contradicciones del sistema, licencias que se niegan a boxeadores formados mientras se habilitan espectáculos por dinero. “Lo hacen por plata, no por deporte”, sentenció.

También apuntó a responsabilidades internas: entrenadores sin experiencia arriba del ring, apuros por llevar chicos a pelear afuera, rincones superpoblados donde nadie sabe qué hacer. “He visto subir cuatro o cinco personas y no saben ni sacar un protector bucal”, contó con indignación. No habla desde la crítica vacía. Habla desde haberlo hecho todo. “Fui entrenador, armé rines, desarmé rines, puse sillas, llevé agua… todo eso se aprende cuando tenés una vida en el boxeo”.

Extraña otro tiempo. “Antes tenías 50 o 60 peleas profesionales recién para ir por un título del mundo”, recordó. Campeones que defendían, rankings que pesaban, procesos largos. “Ahora con 10 peleas ya van por un título”, lamentó. Y cerró con una frase que suena a resumen de época y de vida: “A veces uno dice que nació en un tiempo equivocado… pero ya está, uno lo disfrutó a su manera y lo sufrió a su manera”.

Guillermo Armani es eso: un hombre que atravesó todas las etapas posibles del boxeo y nunca se fue. Un testigo privilegiado que sigue creyendo, aun en tiempos distintos. Un tipo que no se bajó del ring, aunque el ring haya cambiado. Y que, mientras haya una campana sonando en Mar del Plata, va a estar ahí, respirando boxeo como el primer día.