Francisco Comesaña, el año en que cruzó la frontera
El 2025 fue mucho más que una temporada de crecimiento para el tenista marplatense: fue el año en el que dejó de perseguir sueños para empezar a habitarlos. El ascenso en el ranking ATP y el debut con el equipo argentino de Copa Davis marcaron un antes y un después en su carrera.

Hubo un momento en 2025 en el que Francisco Comesaña dejó de ser promesa para transformarse en certeza. No fue un punto en particular ni una victoria aislada: fue una suma de semanas, partidos y decisiones que lo empujaron hacia un territorio nuevo, ese al que sólo acceden quienes se animan a dar el salto definitivo.
El año comenzó con señales claras de crecimiento. Comesaña ya no era un invitado ocasional en el circuito ATP, sino un jugador capaz de competir de igual a igual en escenarios cada vez más exigentes. En la gira sudamericana sobre polvo de ladrillo llegaron los primeros golpes de autoridad, con actuaciones que lo posicionaron en el radar internacional y una victoria resonante ante Alexander Zverev en el ATP 500 de Río de Janeiro, un triunfo que funcionó como declaración de principios: estaba listo para más.
Ese envión se sostuvo a lo largo de la temporada. En los torneos grandes, donde la jerarquía suele marcar diferencias, el marplatense encontró su mejor versión. En el Masters 1000 de Cincinnati firmó la mejor actuación de su carrera en un certamen de esa magnitud al alcanzar los octavos de final, mostrando temple en momentos límite y una madurez competitiva que hasta entonces parecía reservada para otros nombres. Cada victoria sumó puntos, confianza y convicción.

El ranking acompañó ese proceso silencioso pero firme. En agosto, Comesaña alcanzó el mejor puesto de su carrera al ubicarse entre los 55 mejores tenistas del mundo, un número que no sólo reflejó resultados, sino también una transformación interna: la de un jugador que aprendió a sostener su nivel semana tras semana, lejos del vértigo y cerca de la constancia.
Pero si el circuito individual le regaló certezas, el tenis le tenía preparada una emoción distinta. En septiembre llegó la convocatoria al equipo argentino de Copa Davis. Vestir la camiseta celeste y blanca significó romper una barrera simbólica, ingresar a una historia que no admite atajos. Comesaña se convirtió así en uno de los pocos marplatenses en integrar el seleccionado nacional y en el argentino número 91 en defender al país en la competencia por equipos más tradicional del tenis mundial.

No fue sólo una citación: fue un reconocimiento. A su crecimiento, a su recorrido, a un año que lo había puesto frente a los mejores sin pedir permiso. En un deporte tan solitario, la Copa Davis ofreció otra dimensión: la del sentido de pertenencia, la de jugar también para otros.
El cierre de la temporada lo encontró consolidado, disputando por primera vez cuadros principales de torneos que hasta hace poco parecían lejanos, como el Masters 1000 de París. Sin estridencias, Comesaña fue construyendo un 2025 que quedará marcado como el año del cruce definitivo.
Porque hay temporadas que suman experiencia y otras que cambian destinos. Para Francisco Comesaña, este fue el año en el que dejó de mirar la frontera desde lejos y decidió cruzarla. Y una vez del otro lado, ya no hubo vuelta atrás.
