Guillermo Armani, 50 años de pasión por el boxeo

En distintos roles desde 1970, Guillermo Armani estuvo vinculado al boxeo y luego de 50 años, todavía sigue activo como jurado.

Corría el año 1970 y un curioso muchachito del barrio Etchepare se acercaba al mítico Estadio Bristol para ver de cerca a esos guerreros que de alguna u otra manera lo terminarían acompañando en esta pasión. Quien hubiera creído que ese primer contacto con el deporte iba a ser lo que marcara el resto de su vida. Hoy, 50 años después de aquel momento, en una época donde muchos buscan eternizarse en su lugar de boxeador, esta es la historia de un hombre que supo como adaptarse a las realidades que se iban presentando sin necesidad de alejarse de su pasión.

Guillermo era hijo de padre boxeador pero eso en vez de significar un camino marcado, fue todo lo contrario. Armani se encontraba con la primera piedra en su camino de muchas que debió sortear: «A los 14 años yo era ayudante de un plomero. Cuando terminaba de trabajar me iba todos los días hasta el gimnasio del Estadio Bristol, pero iba solo a mirar. No me animaba a empezar, hasta que un día Juan Carlos Barrionuevo, quien fue mi manager, me preguntó que precisaba, si me gustaba el boxeo, me iba llevando a que le dijera que quería comenzar a entrenar. Me fui contento a mi casa en bicicleta para decirle a mis viejos que iba a empezar boxeo y no quisieron saber nada. Mi viejo fue boxeador y sabía donde me estaba metiendo.»

Vivió las épocas doradas del boxeo marplatense y fue testigo de lo que significaba el Estadio Bristol, el segundo recinto más mítico del boxeo nacional: «Era muy chiquito pero recuerdo haber visto peleas de Aníbal Di Lella y «Gatiquita» Lucero. Cuando yo comencé a entrenar ya estaba bastante abandonado y a punto de cerrarse pero puedo decir que me di el lujo de entrenar ahí donde estuvieron mis referentes en este deporte: Selpa, Sacco, Ygriera, Tarsetti y los ya mencionados Di Lella y Lucero».

Lentamente Barrionuevo fue formándolo y lo convirtió en un boxeador completo: «Al principio me costó muchísimo. Estuve como un año hasta subirme a hacer sparring. Aprendí muy bien porque mi manager me enseñó mucho de táctica y estrategia pero también muchas mañas y oficio de eso que cada vez se ve menos. Me gustaba boxear, no tenía gran pegada pero el temperamento me traicionaba y me iba al cruce. Mi distancia era la media porque me permitía hacer ambas cosas: boxear y guapear».

Así nació la etapa de boxeador de Armani que transitó el amateurismo con una maratónica carrera con resultados que impresionan: «»Como amateur había peleado con todos los de la zona y con los que venían de Buenos Aires. De 80 peleas que hice solo perdí 4 y empaté 4.En la zona todos los fines de semana había festivales en Mar del Plata, Balcarce, Tres Arroyos, Bahía Blanca. Tranquilamente peleabas todos los fines de semana e incluso dos veces por semana».

Así, con unos números que no dejaban mentir sobre su calidad en el encordado, fue que su paso al profesionalismo no demoró mucho. Allí también las estadísticas permiten reconocer que sabía lo que hacía: «En 1975 decidí pasar al profesionalismo donde hice 21 peleas con 2 derrotas y 1 empate».

Sin embargo el destino no siempre acompañó a los sueños y aspiraciones que Guillermo venía forjando golpe a golpe. «Tuve que dejar de entrenar por cuestiones de salud y personales. A
los 20 años tuve que dejar un tiempo importante por una operación en los riñones. Luego volví pero ya no era lo mismo. A eso se sumó el nacimiento de mi hijo y las prioridades fueron otras. Ya no podía dar lo mismo».

Lo que en muchos casos deriva en una depresión y en el alejamiento total de la actividad, en él solamente significó una readaptación. Así fue como encontró en el arbitraje la forma de seguir ligado a su pasión: «Como árbitro fueron 27 años de carrera en la que tuve muchas satisfacciones. Antes subía cualquiera a dirigir. Por ahí faltaba un árbitro en un festival y me subía yo incluso siendo boxeador. La adrenalina está arriba del ring y yo no quería dejar de vivirla».

Esos 27 años de los que habla tuvieron puntos muy altos: «Como árbitro tuve el orgullo de dirigir a Mano de Piedra Durán y otros boxeadores que terminaron siendo campeones mundiales como por ejemplo Raul Balbi, Luis Lazarte, Carlos Baldomir. Incluso fui árbitro en la pelea donde Érica Farías retuvo su título mundial ante Liliana Palmera».

Pero con ser árbitro no bastaba. Su hijo homónimo decidió seguir sus pasos y así inició su carrera como director técnico: «Si bien comencé como árbitro, cuando mi hijo empezó a querer boxear me fui metiendo en esa faceta de director técnico en la que estuve un tiempo importante también».

La vida volvió a golpear a Guillermo cuando a los 57 años los problemas cardíacos comenzaron a aparecer. Una serie de infartos seguidos de un ACV le volvieron a marcar la cancha. Los médicos más importantes del país llegaron a decirle que sus patologías no tenían solución y que se dispusiera a vivir de la mejor manera sus últimos meses de vida. Ya sin muchas esperanzas pero con ganas de luchar hasta el final siguió visitando médicos hasta que un joven especialista le habló con claridad: hay que operar y el riesgo de que no salga bien es muy alto. «Lo que yo tengo es una miocardiopatía congénita hipertrófica obstructiva e isquémica. Todo eso dijeron los médicos al menos. En la operación me conectaron una máquina, me sacaron el corazón,lo «filetearon», le ampliaron la capacidad y me lo volvieron a poner. Te imaginarás que las posibilidades de que saliera bien no eran
muchas. Pero acá estoy y la verdad me siento muy bien».

Esos problemas cardíacos alejaban a Armani del encordado, pero no lo iban a retirar de lo que lo hace feliz. Por eso es que nuevamente la vida lo hizo adaptarse y pasó a ser uno de los jurados con mayor capacidad y objetividad de la República Argentina. Tal es así que en más de una oportunidad, en peleas con fallos cerrados, no le tembló el pulso para demostrar lo que veía incluso yendo en contra del «caballo del comisario» o del boxeador local. «Siempre fui muy profesional y a pesar de que nadie me dijo específicamente que no podía dirigir yo mismo tomé la decisión de no hacerlo más. Los médicos me dijeron que tenía problemas cardíacos y me di cuenta de que ya no estaba en condiciones para hacer las cosas bien ahí arriba. Como jurado quiero seguir respetando al boxeo y por eso trato de ser lo más justo posible en mis fallos. Ahí arriba no hay campeón ni retador, no hay amigo. Son rincón rojo y rincón azul, nada más».

Ya pasaron 50 años de aquella tarde donde la curiosidad llevó a Guillermo Armani a encontrarse con su gran amor. Las piedras del camino no pudieron romper este romance. Y con la siguiente frase demuestra en estas bodas de oro que este es un amor que nunca se acabará: «Me gustaría irme de este mundo al lado de un ring que es lo que me dio vida. El boxeo es mi vida».